Hace 67 años atrás, el mundo se encontraba bastante convulsionado, con jaqueca de tanto ruido por todos lados, sordo con tantas bombas, tiros y aviones surcando el cielo y tapando oídos, ciego y con los ojos llorosos ante las nubes de polvo con olor a muerte.
Hace muchos años (el 13 de enero de 1994) vi mi primer capítulo de Star Trek: The Next Generation. Cuando lo enganché (casi de casualidad) lo dejé porque en varias notas y artículos de la Comiqueando la habían recomendado, y siempre le di una chance al criterio de sus escribas.
Esta (no tan coherente como aparenta) historia podría comenzar un invierno de 1965, cuando en la revista Linus aparece Valentina, una fotógrafa protagonista de un comic erótico que –parece- fue interesante en sus inicios, pero se fue hundiendo gradualmente en el voyeurismo.
Drago es un personaje creado por el mítico Burne Hogarth, el dibujante que remplazara Hal Foster al frente de las historietas de Tarzán.
El otro día, un amigo que es fanático de la Liga de Giffen (se la compró toda, se la tengo que pedir) me hizo el comentario de que le gustaban mucho esas épocas, en donde predominaba el humor y los autores no se tomaban tan en serio los personajes.
La lectura de comics debe, sí o sí, comenzar en la niñez. El inmenso Hugo Pratt lo declara en un libro de Sasturain y la sentencia es tan certera como aguda.
“Venga a charlar conmigo” es la última frase de la contratapa de la novela gráfica Jueves, resumen perfecto de esta pequeña obra, que nos brinda la pluma de Diego Cortés y Renzo Podestá.
La etimología de la palabra “héroe” remite al griego heros. Precisamente, griegos y romanos llamaban así al hijo surgido del matrimonio entre un dios y un mortal, al que incluso llegaban a divinizar.
La Cruzada de los Niños es una parte oscura de la ya oscura cuarta cruzada. Los muchos años han ocultado y modificado los hechos históricos, de manera que ya nadie sabe qué pasó, si es que algo pasó.
Algunos comiqueros tenemos cierta obsesión con el estado de nuestras revistas. Es decir, nuestra sed de “conservación” nos hace fruncir el entrecejo ante la más mínima imperfección en la superficie del papel, ya sea una marca o un doblez.